Buscando una Luz a la Vida
Carmen Ordóñez González
CAPÍTULO II (2)
Era un sábado en la noche que hizo recordar todo aquel pasado triste, inolvidable o quizás inexplicable. Sola a obscuras, con tan sólo la lumbre de luz de la luna. Un cuarto mediano y unos muebles acompañando a la soledad. El sonido del reloj sonando con un intenso tic-a.C. Y dentro de todo el espectro desolador, unos quejidos de llanto acompañados de lágrimas. Grandes tales como las gotas de la lluvia que se escuchaban, a través de los ventanales del cuarto. A la vez se reflejaba la caída de agua de aquella lluvia. Realidad que regresaba a la memoria de esa mente afligida, con ganas de comprensión y de afecto. Derramando recuerdos que salían, no sólo de la mente, también del corazón. Infancia que llegaba de nuevo, esas aulas grandes, los columpios, resbaladeros, gritos de niños jugando, cuadernos, libros, lápices, crayones y maestros. Colegios vienen a la memoria y amistades. Remembranzas de momentos que se compartieron en algún momento de la vida con la familia. Hechos casi imposibles de borrar que afectaban a los ánimos y hacían entristecer, palidecer, deprimir y sentirse en completa confusión tanto como soledad. Seguía la lluvia acompañada del frío que se ponía cada vez más fuerte. A lo lejos se escuchaba el sonido de los carros en la noche, zumbar y acelerar en grandes carreras. Sobresalían los chillidos de una perrita pequeña pidiendo protección. Una luz de repente se enciende. El sonido de unas pantuflas que llevan al baño para recoger unos pedazos de papel higiénico para secar las lágrimas. Regresaba el cuerpo abatido a su lugar de reposo tratando de conciliar el sueño. La inmensa tristeza no dejaba dormir, pero la conciencia dictaba órdenes al corazón pidiendo paciencia la intranquilidad. Una voz baja, imploraba fortaleza al sufrimiento. Las horas pasaban y el amanecer se acercaba. Cuando los sueños se convirtieron en fantasías, el descanso llevaba a reflejar la realidad en su soñar. Llegaba la mañana, unos ojos hinchados de tanto llorar se abrieron al despertar. Un día nuevo comenzaba, cómo se podía afrontar otra vez la realidad. Prosiguió su camino fue a ducharse, se vistió, desayunó y decidió divagarse para olvidarse de los tristes recuerdos. Siguió su marcha en el momento de ir a realizar sus mandados. En tanto no podía desechar al cesto de la basura, lo que en su vida la había entristecido. Siguiendo el umbral de su destino, prosiguió caminando. Cada paso, cada piso, cada acera, tierra y charcos que pisaba, le hacían meditar; de cada y todas aquellas cosas que le hacían, renegar. Las lágrimas continuaban derramándose sobre aquel triste rostro. La vida la sentía completamente pesada. Qué era lo que en aquella vida entristecía más. No sabía a qué responder. Es que a veces se tienen algunas cosas y no se saben valorar en el momento de tenerlas. Seguía caminando en su estrecho camino. Por qué seguir lamentándose si en realidad tenía todas las comodidades que podía tener. Pero su salud física no era la mejor y esto la hacia palidecer más. Lo que si era cierto es que ella buscaba un algo que le guiase, para seguir su rumbo hacia adelante. Y quién dijo que la vida era fácil, todo era una cuesta arriba llena de obstáculos grandes.
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